22 El encanto de una infidelidad.

Sinopsis: Alessandra es una mujer casada desde hace 20 años, su vida es tranquila, pero su compañero de posgrado ha llegado a agitar el avispero.



¿Qué es el deseo? Sentir que quieres salir corriendo hacia los brazos de alguien, besarle el cuerpo, destapar su sensualidad y su lado más caliente, querer al mismo tiempo dejar que alguien juegue con tus sentidos, permitirle el paso a lo más profundo de tu ser. Así es como definiría el deseo yo, Alessandra, una mujer adulta de 45 años cuya vida sexual es inexistente desde hace ya un par años. Alberto y yo éramos uña y mugre al principio, no podíamos estar el uno sin el otro, durante mucho tiempo nos dedicamos a hacer y deshacer, pero de pronto fue como si algo se hubiera apagado en nuestro interior. Alberto dejó de ser tan sexual, yo empecé a estudiar mi maestría, todo cambió. 

Tengo que confesarlo en este momento: He sido infiel. Hace un par de años empecé mi posgrado, ingresé como requisito para un nuevo puesto en la empresa en donde trabajo, volví a las aulas de estudio y también volví a sentir deseo. Puedo decir que sí aprendí muchas cosas nuevas, entre ellas que un examen oral no solo es ese que hacemos cuando respondemos a preguntas, sino cuando nos comemos los genitales del otro para deleitarnos con sus caras. 

Enrique era un poco más joven que yo, lo conocí en mi primer semestre, pero las cosas no prosperaron sino hasta el segundo. Nos gustaba conversar sobre las clases e íbamos juntos a las reuniones de generación en casa de nuestros compañeros. Nos volvimos cercanos pero no imaginábamos lo que sucedería. Después de dos meses del segundo semestre fue cuando surgió… 

Habíamos ido a una plaza comercial a tomar un café y hacer una tarea juntos, aquella tarde estaba lluviosa y pensamos que sería buena idea seguir nuestra pequeña reunión en el automóvil mientras escuchábamos música. Estábamos platicando sobre trivialidades, nada importante, solo tonterías, cuando de pronto nos quedamos viendo fijamente y él comenzó a besarme, al principio me retracté, pero después no pude resistirme, él me gustaba mucho y se me antojaba también. Hay algo realmente rico en saber que otros te desean, que otros te ven y piensan en tocarse por las noches, que hay quienes quieren ver a través de tu ropa y tocar tu cuerpo. 

Enrique empezó a tocarme la cara, a acariciar mi cuello, a besarme el pecho, a confesar que muchas veces me había visto y me había imaginado desnuda encima de él, moviéndome rico y que también se había tocado pensando en el atuendo que había usado el día de la cena de Navidad. Escuchar aquello me había gustado demasiado, más de lo que me gustaría confesar, había provocado en mí las ganas de convertir sus fantasías en realidad. Si él había pedido de deseo que yo quisiera tener sexo con él, lo había logrado, le sería concedido. 

 

Enrique hizo hacia atrás su asiento, me senté encima de él y comenzamos a besarnos; masajeaba mis nalgas como si se tratara de su más grande hallazgo. Después él se bajó los pantalones e hizo a un lado mi calzón, también sacó mis tetas y las dejó al descubierto, lamiéndolas y tocándolas. Después de que con sus dedos me masajeara el clítoris, estaba lo suficientemente húmeda como para tenerlo adentro de mí. Sentí su calor por dentro, mis caderas se movían a un compás perfecto.

Lo más emocionante de este encuentro es que había automóviles en ambos lados, en cualquier momento podrían encontrarlos, además de que los vidrios habían comenzado a empañarse. Incluso los oficiales de seguridad podrían vernos. Pero no queríamos detenernos, estábamos fusionándonos en el deseo. Yo gemía sin pudor, como si nadie pudiera escuchar o como si los vidrios bloquearan el ruido. Él decía mi nombre, que le gustaba mi cuerpo y el hecho de que yo fuera mayor lo gozaba. Definitivamente su pene estaba haciendo el trabajo, pero al cerrar mis ojos e imaginarnos en otros lugares, en otras posiciones, yo podía vernos cogiendo explícitamente, pero al volver a ese momento me excitaba saber que alguien podía tocar la ventana. 

Metí velocidad, él me tomó de la cintura y también comenzó a moverse más rápido. Cuando terminamos nos aseguramos de voltear y ver si alguien estaba mirando. Nada. Nos salimos con las nuestras. 

Al llegar a casa cabía en mí algo de culpa, sabía que tenía que confesar, que debía de decir algo. No podía sacarme de la mente a Enrique, nuestro encuentro, la casualidad, sus labios carnosos, su olor, su mirada. cada que pensaba en él quería correr al baño a masturbarme. Pero tenía que confesar, tenía que ser sincera conmigo misma y con mi esposo. Pasó un mes antes de que pudiera hacerlo y para ese punto Enrique y yo ya habíamos cogido en los baños de la escuela, en un salón, en un motel, en su casa, probando posiciones diferentes, incluso aquello que tanto había querido: Un juguete para masturbarme enfrente de Enrique y darle un espectáculo privado, penetrando mi vagina mientras las vibraciones me hacían llegar al punto máximo. 

Cuando le dije a mi esposo tuvimos una gran discusión. Al paso de un tiempo pensé que mi matrimonio acabaría, pero el deseo de mi esposo se desató, volvimos a conectar, ¿y lo más rico? Que me estaba permitido tener lo mejor de dos mundos; dos hombres completamente diferentes; dos pares de manos que tocaban tan rico y aún así tan diferente; hombres que me deseaban y que hacían que yo me viera al espejo diferente… Una mujer deseable que gozaba y hacía gozar.

Había roto las reglas con un propósito: Crear un juego en donde todo mundo ganáramos. 

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