03 La magia de lo efímero.

Sinopsis: Alejandra decide irse a trabajar a un rancho después de quedar desempleada, lo que no sabe es que su verano está a punto de convertirse en la aventura más ardiente del año.
Relatos eróticos Luda

Acababa de perder mi empleo ejecutivo, la empresa se había declarado en bancarrota, fue por eso que aquel verano lo terminé pasando en el rancho de mi familia. Serían tres meses de trabajar en el departamento contable en lo que esperaba que me dieran trabajo en otra empresa. 

Aquel rancho era en realidad la fuente de uvas que hacían posible la creación del vino que distribuía una parte de mi familia, por lo que, todos los días, en punto de las 7 de la tarde, se abría una botella para cerrar la jornada laboral. El lugar se prestaba para caminatas largas, atardeceres rojos, aire con olor a madera, calor y cuestionamientos. Así estaba siendo mi tarde cuando conocí a Roberto. 

Vi a un hombre montado en un caballo acercarse a la puerta principal por una de las veredas que provenían del rancho vecino. Ese rancho le pertenecía a otra familia, la cual no conocíamos porque acababan de adquirir la propiedad. Mi tía me hizo saltar del susto cuando la escuché gritar: “¡Ay querido, pensé que ya no vendrías!”, para mi sorpresa, ella sí lo conocía y se mostraba emocionada por verlo. Me paré a su lado, ¿Lo conoces?, le pregunté, ella sólo sonrió y asintió para después bajar los escalones de la entrada y recibirlo. Mi tía nos presentó rápidamente, su sonrisa me cautivó, no sé qué tienen los hoyuelos en las mejillas que hacen que una sonrisa sea mil veces más atractiva. 

Cenamos mi tía, Roberto, Joel (el encargado de seguridad) y yo. Reímos bastante, ese día el vino hizo que mi cuerpo se relajara más de lo común. Roberto, por su parte, me sonreía del otro lado de la mesa. “¿Qué está pasando?”, me pregunté. Cuando llegó el momento de despedirnos y olí su cuello, pude sentir cómo las ganas de besarlo estremecieron mi cuerpo. Solo me quedó imaginarlo. Él era hijo de los vecinos, había conocido a mi tía porque en Semana Santa; él y su familia habían creado un lazo estrecho gracias al vino. 


Durante un mes fue a cenar de tres a cuatro días a la semana. Nos quedamos hasta altas horas de la noche conversando. Un día llegó y lo sentía diferente. La atracción era innegable, la tensión podía encender las velas del jardín y hubieran opacado al sol.

-¿Me das un tour por la cava especial?, preguntó de pronto. Yo accedí. 


Le expliqué todo sobre finanzas y barriles, conversamos sobre nuestros sueños; resultó ser que él se graduaba en diciembre como veterinario, que era un año mayor que yo, que amaba los caballos, y que no tenía novia, ni nada por el estilo. 

- ¿Y tú qué planeas hacer con tu vida después del verano?, me preguntó de pronto.

- Espero tener empleo, respondí.

- ¿No te quedarías aquí un poco más?, su pregunta se me hizo extraña.

- No creo, amo a mi tía, el trabajo es bueno, pero quisiera poder ponerme a prueba. 

- ¿No es suficiente haberte salido de la ciudad, dejar a tus amistades tomando martinis secos y la comodidad de tu casa, para estar aquí?, me lanzó una mirada directa, como diciendo, “mírame, aquí estoy”.

- Mejor di que quieres que me quede, le dije.


Roberto rió, hizo una pausa y comenzó a caminar despacio hacia mí. Cuando lo tenía enfrente se acercó, nuestras narices rozaron, su aliento se encontró con el mío creando una corriente que nos arrastró el uno al otro. Nos besamos sin temor, ni pudor, cómo se debería besar siempre: con la pasión en las manos, la adrenalina en el corazón, sin pensamientos que estorben. Sus manos comenzaron a recorrer mi cintura, luego levantaron mi vestido, me senté sobre una de las mesas, lo abracé con las piernas. Escucharlo respirar en mi cuello ha sido, sin duda, una de las cosas que más me han mojado. 

- Te deseo, susurró. Quiero hacerte mía.

- Hazlo. 


Una vez que dije esa palabra no dudó en bajar despacio, sus manos se escabulleron por debajo de mi vestido, deslizando su lengua por mis pechos, mi abdomen, hasta encontrarse con mi vulva. Su lengua varió de presión, se paseó por mis labios.


Yo no lo podía creer, nunca nadie había hecho algo similar, lo hacía con suavidad, delicadeza, sin olvidarse de su lado sucio, salvaje. Cuando se detuvo, colocó sus dedos en mi clítoris, comenzó a frotarlo variando de movimientos, intensidad, rapidez. No sabía que los dedos de alguien pudieran ofrecer tanto placer, pero lo estaba sintiendo. De pronto, cuando menos lo esperaba, estaba adentro de mí y sus dedos no dejaban de frotarme. Estábamos en sintonía. De pronto sentí mis piernas temblar al mismo tiempo que mi clítoris me regalaba una sensación que me adormeció hasta la cabeza. Ambos gemimos con sigilo para que nadie escuchara. Cuando el silencio volvió a adueñarse del lugar, reímos.

- Me encantas desde que te vi, confesó. Yo me paralicé.

- No compliquemos las cosas, ¿si?

- No estoy diciendo que me quiera casar contigo, estoy diciendo que cogería contigo otra vez. 


Nos miramos, nos besamos, volviendo a querer deshacernos de lo que nos sobraba: Las expectativas, la vida, la ropa. Pero una llamada de mi tía interrumpió. Tuvimos que vestirnos, era la hora de la cena. Aquella noche no podíamos dejar de vernos, yo sentía los latidos de mi corazón en la garganta. Nos acariciamos con las piernas por debajo de la mesa, nos dijimos cosas con los ojos y eventualmente, esa noche se escabulló entre los jardines para poder hacerme todo a escondidas en mi habitación. En cuatro, yo encima de él, él encima de mí, en el sillón, parados, en el vestidor, tengo la imagen nítida de su lengua paseando por mi abdomen, su olor impregnado en mi piel, sus dedos mojados por mi vulva. 

Despertamos con una llamada de mi futuro trabajo, mi vacante estaba lista antes de tiempo, querían que comenzara en dos días. Roberto alcanzó a escuchar un poco, por lo que cuando colgué me jaló hacia la cama, se puso encima de mí, me besó…

- Cuando te aburras de los hombres ejecutivos, sabes a donde venir. Ya viste que los caballos no son lo único que sé montar. Me sonrojé, lo besé.

- Y tú ya viste que lo más rico que puedes tomar no es una copa de vino.

Nos despedimos. Volví a la ciudad y entré a trabajar. Después de un año empecé una relación y, aunque soy feliz, de pronto no puedo evitar tocarme recordando el placer que sentí aquella vez. En la vida real existe una regla: hay personas que no necesitan quedarse en nuestra vida para saber que recordaremos aquellos encuentros apasionados para siempre. Tal vez esa sea la magia de lo casual, no hay forma de cambiar lo efímero.

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